Ha ocurrido ya otras veces pero hace pocos días se ha vuelto a insultar a unos animalitos ante la indiferencia general y, encima, en época prenavideña, cuando debería reinar tan solo el envío

¡Eso no me lo dice usted en la calle, fuera del corral! ha exclamado una gallina altanera y desafiante, que no en balde es conocedora de los vericuetos del genoma “Gallus gallus”, distinción parecida a la de tener un antepasado que se batió en las Navas de Tolosa. Porque en verdad ¿qué han hecho las gallinas para merecer ser comparadas con el hombre? La crueldad de la especie humana demuestra aquí sus peores maneras. Esos animalitos se han conformado a lo largo de la historia con estar en la cazuela y cocerse en pepitoria o servir de escolta al arroz para dar a luz una paella de chuparse los dedos, sin molestar a nadie, proporcionándonos no más que motivos de contento.
En torno a un pollo se traban amistades, se corteja, se dialoga y hasta se puede cosechar el fruto de un consenso fecundo. Un amigo mío, en un restaurante, se enamoró admirando en una vecina de mesa la forma cómo trinchaba un pollo, cómo agarraba sus partes sabrosas con el tenedor y cómo se las comía. Aportaba al trance aquella mujer distinguida litúrgica fastuosidad y, al tiempo, arrobada por la satisfacción, se le encendían las mejillas, iluminadas como un corazón henchido de monedas de oro. Al terminar con el último muslo, le sonaban todos los cascabeles interiores. Hoy lleva treinta y dos años y tres horas casado con ella, felices aún como gallina y gallo en consonancia.
Con un pollo se hacen mil exquisiteces, a mí me gustan los llamados “en pebre” de los que da la receta la condesa de Pardo Bazán:
se asan en parrilla, frotados con manteca, zumo de limón y ajos. En la cazuela o marmita se pone perejil, pimienta, sal, laurel, el jugo del asado, aceite y agua caliente para que hierva. Después se vierten en la salsa ocho o diez yemas de huevo (otro servicio de estas educadas aves), se baten para espesarlas y se dejan hervir otro poco. Adorable el pollo, memorable el guiso.
Si todo esto es así, si no hay caldo digno de este nombre que no haya conocido íntimamente a una gallina o a un pollo en sazón ¿qué necesidad hay de agraviar a estos seres comparándoles con el hombre? ¿Alguien se imagina la sopa hecha con menudillos de farmacéutico? ¿Se atrevería algún ser razonable a encargar una paella con muslos de catedrático de provincias? A nadie en su sano juicio y, sin embargo, ahí están las entrañables aves aguantando que se les atribuya deformidades tan gruesas como la de su identidad con los hombres. ¡Nada menos que con el hombre! Aquél del que dijo Hobbes que era un lobo y algo sabría del asunto el ilustre pensador, padre del pensamiento moderno. ¿Algún filósofo, a lo largo de la Historia, ha dicho de una gallina que es “loba” para otra gallina? Nunca porque no sería filósofo sino botarate.
Vuelvo al comienzo: todo esto se debe a que las aves no disponen de laboratorios para hacer experimentos con los investigadores ni de periódicos. Pido para ellas, por caridad y por amor a los pollos con tomate, un canal de televisión. Y espero que, pese a su bondad, se venguen cuanto antes.