domingo, 28 de abril de 2013
Deyecciones de artista
Los revuelos se arman por una nadería que aparece en los periódicos. Toca ahora a ese artista que ha
entrado en el Museo de Nueva York, es decir en una catedral consagrada, y ha colado allí unas obras fruto de su estro imaginativo que representan un envase de una lata con tomate frito, un trozo de una antena parabólica y un escíbalo metido en una botella que albergó en sus días de gloria un anís reputadísimo. Para quienes se han formado en la enseñanza desleída propiciada por los últimos gobiernos aclararé que “escíbalo” significa excremento, palabra ya más a mano, con perdón por lo de la mano tratándose de la aludida sustancia.
¿Y dónde está lo sorprendente en la pretendida hazaña del polizón del museo neoyorquino? Me parece que lo del tomate ya lo hizo hace años Andy Warhol y anda entronizado en las historias del arte y el resto de los objetos son evidentes muestras de fecundidad artística. En la época presente, lógicamente.
Porque a los antiguos, y en general a los funcionarios con muchos trienios, nos gusta la Venus del Espejo que se contempla sus abundancias y sueña con ponerlas al servicio de un caballero verriondo. Nos gusta también el cuadro de la vieja friendo un huevo porque es todo un monumento a la gastronomía sencilla e inmortal, nos gusta la luz de un Vermeer que entra de puntillas en una habitación para acariciar a una doncella que toca la espineta y se toca con un moño coqueto. Y la familia de Carlos IV que se retrató unida porque solo la familia que se retrata unida permanece desunida. Y los mondongos de ese caballero que se somete a una lección de anatomía. En fin, disfrutamos con un moro de Fortuny porque nos recuerda que Alarcón escribió un libro sobre la guerra de África que debemos olvidar.
En general, estos objetos de arte son espléndidos para muchos pero debemos convenir que cada día somos menos y, además, somos personas superadas por los acontecimientos y a punto de entrar en la cacharrería de la historia, en el pudridero de la indiferencia colectiva.
Ahora bien, procede dar a cada cual lo suyo. Porque lo que el artista ha metido de matute en Nueva York nos parece una maravilla admirable si se compara con lo que cuelga en las salas de arte contemporáneas. Quiero decir que prefiero una antena parabólica, que estimula la imaginación porque gracias a ella se puede ver mucho mundo en zapatillas y sin salir de casa, a un punto rojo en un cuadro blanco y ¿qué decir de la deyección? una auténtica filigrana si la ponemos al lado de un paralepípedo soso y avitaminado que tiene a la nada por compañía. Hay quien ha puesto un orinal en la esquina de una habitación vacía y desinfectada y se ha celebrado su ocurrencia como si hubiera parido a la Venus de Milo y una máquina de escribir con sus dientes averiados es para el crítico de hoy una versión renovada -y laica, como Dios manda- de la Piedad de Miguel Ángel. En un museo al que entré en una ciudad alemana era exhibido el extintor de incendios con orgullo pues se trataba nada menos que del primer premio de una antológica celebrada en otra ciudad alemana que no puedo poner aquí porque lleva un nombre imposible por su longitud burlona y porque alberga varias diéresis desafiantes.
¿Qué es lo que degrada a ese artista a la condición de malhechor? ¿por qué se le tiene por falsario? Por una razón sencilla: porque no ha pagado el peaje al marchante ni se ha sometido a la extorsión de quienes controlan las páginas especializadas de las grandes revistas. Tal es su pecado del que solo se redimirá si acepta las reglas del sacramento que se administra en museos y salas de arte. Este señor se ha tomado en serio esa idea que circula por ahí según la cual el artista es un trasgresor que se inventa el mundo y lo decora con sus ingeniosidades sin reparar que hay asuntos que no admiten variaciones alteradoras de los abusos tradicionales.
¡Álma de cántaro! A esta criatura, si le dejamos en sus naturales inclinaciones, intentará entrar en el próximo Cónclave de Roma vestido de torero. Sin saber que hay que ponerse el capelo para poder tomar el pelo.
jueves, 18 de abril de 2013
¿Es útil el Gobierno de la UE?
No es fácil explicar los acuerdos que se
toman en el seno de las instituciones europeas y menos en
nuestros días en los que abunda la fácil descalificación. Tal actitud no es nueva pero tiene hoy un eco mayor como consecuencia de la crisis y de la desesperación de muchos ciudadanos. No es nueva porque entender el funcionamiento de la Unión Europea es difícil teniendo en cuenta que en ella conviven dos almas: el alma europea representada fundamentalmente por el Parlamento, la Comisión y el Tribunal de Justicia, y el alma de veintisiete Estados que defienden sus posiciones en el Consejo europeo y en los Consejos de ministros. Se comprenderá que, en tales condiciones, llegar a acuerdos, resultado de la composición de intereses muy distantes, sea tarea diabólica. Si ya Montesquieu nos ilustró en el siglo XVIII sobre la influencia en las sociedades, en los hombres y en sus leyes de las condiciones geográficas, climáticas etc, cálculese lo que ocurre en un espacio común que es expresión de la más perfecta policromía.
nuestros días en los que abunda la fácil descalificación. Tal actitud no es nueva pero tiene hoy un eco mayor como consecuencia de la crisis y de la desesperación de muchos ciudadanos. No es nueva porque entender el funcionamiento de la Unión Europea es difícil teniendo en cuenta que en ella conviven dos almas: el alma europea representada fundamentalmente por el Parlamento, la Comisión y el Tribunal de Justicia, y el alma de veintisiete Estados que defienden sus posiciones en el Consejo europeo y en los Consejos de ministros. Se comprenderá que, en tales condiciones, llegar a acuerdos, resultado de la composición de intereses muy distantes, sea tarea diabólica. Si ya Montesquieu nos ilustró en el siglo XVIII sobre la influencia en las sociedades, en los hombres y en sus leyes de las condiciones geográficas, climáticas etc, cálculese lo que ocurre en un espacio común que es expresión de la más perfecta policromía.
Y sin embargo, en medio de muchas
dificultades y de embrollos desesperantes, se adoptan decisiones que
contribuyen a reforzar el gobierno europeo y a dotar de cierta unidad a la
acción económica. Tal es el caso de las referidas a la supervisión
presupuestaria en la llamada “zona euro” (los diecisiete Estados que utilizan
la moneda común europea).
¿En qué consisten y por qué son necesarias?
Si aceptamos que en una zona monetaria común los presupuestos que cada Estado
aprueba, en el ejercicio de su soberanía, tienen efectos indirectos en los
países vecinos, parece claro que alguien deberá estar atento a que no se
adopten políticas presupuestarias que puedan resultar perjudiciales para el
conjunto de unos países que suben la misma montaña de la crisis. Y es que nadie
puede dudar acerca de la mutua dependencia en la que vivimos ni de la necesidad
de unas “cuerdas dinámicas” que nos unan y nos aten para evitar la caída en el
precipicio de la bancarrota. Si lo queremos decir invocando a los clásicos, ya
Plauto nos cuenta que en la vieja Roma se avisaba de que “mal le va a quien
tiene un mal vecino”. O sea que el asunto viene de la noche de los
tiempos.
Acaso inspirados en esa sabiduría latina, el
Parlamento y el Consejo ya aprobaron en 2011 un paquete de medidas legislativas
destinadas a reforzar la coordinación de las políticas presupuestarias en toda
la Unión Europea. La novedad de lo que ahora está en marcha es que las nuevas
normas, cuyo fundamento se encuentra en el artículo 136 del Tratado de funcionamiento de la Unión Europea, están
pensadas exclusivamente, como hemos adelantado, para los países que manejan el
euro como moneda nacional. Concebidas además como un complemento del Pacto de
Estabilidad y Crecimiento, introducido en 1997.
Previsiones muy importantes incorporadas por
el Parlamento europeo para los Estados que reciban asistencia financiera, son:
de un lado, la Comisión deberá garantizar que los recortes presupuestarios
acometidos por los Estados no afecten al crecimiento o al empleo ni a la
inversión en sanidad y educación; de otro, la posible fijación de calendarios
más flexibles con el fin de no sumir en la ruina a los países con problemas de
atonía económica.
Lo interesante de todo este ajetreo es que
hace muy poco tiempo nadie hablaba del gobierno económico de Europa y hoy, sin
embargo, es un lugar común, fuera de los círculos contrarios a la construcción
europea. Es verdad que todo se hace a base de progresos y de retrocesos y que a
muchos nos alegran los primeros y nos impacientan los segundos. Pero lo cierto
es que se trata de un avance más en el camino hacia la unidad política europea,
todavía hoy embarazado por obstáculos muy relevantes.
¿Y qué pasa en España? Aparentemente contamos
con adecuados instrumentos jurídicos porque se
reformó la Constitución y se aprobó la ley orgánica “de estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera” para poner en pie técnicas destinadas a hacer posibles unas sostenidas políticas del Estado, supuesta la limitación de recursos económicos. A su tenor, las Comunidades autónomas deben informar sobre las líneas esenciales de sus proyectos de presupuestos y, a la vista de ellos, la Administración central puede advertir acerca de la conveniencia de introducir técnicas correctoras, si se aprecia riesgo de incumplimiento de los objetivos establecidos. Después, si se producen tales incumplimientos, hay prevista una invitación a la Comunidad para que presente un plan económico y financiero. Tan solo ante su desobediencia recurrente y obstinada son posibles las medidas coercitivas y sancionadoras.
reformó la Constitución y se aprobó la ley orgánica “de estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera” para poner en pie técnicas destinadas a hacer posibles unas sostenidas políticas del Estado, supuesta la limitación de recursos económicos. A su tenor, las Comunidades autónomas deben informar sobre las líneas esenciales de sus proyectos de presupuestos y, a la vista de ellos, la Administración central puede advertir acerca de la conveniencia de introducir técnicas correctoras, si se aprecia riesgo de incumplimiento de los objetivos establecidos. Después, si se producen tales incumplimientos, hay prevista una invitación a la Comunidad para que presente un plan económico y financiero. Tan solo ante su desobediencia recurrente y obstinada son posibles las medidas coercitivas y sancionadoras.
No quedan ahí los mecanismos de supervisión
financiera, porque la crítica situación de algunas Comunidades autónomas ha
generado nuevos planes económicos para facilitar la liquidez que, a su vez,
permiten al Gobierno requerir más información financiera, examinar su
actuación, proponer ajustes ... Es decir, existen medios engrasados.
Sin embargo, a la hora de usarlos, todo es
renuencia y aplazamiento. Actitud que contrasta -y esto es lo relevante- con la
rapidez empleada para aprobar recortes dolorosos que afectan a colectivos como
son los funcionarios o los pensionistas, o que generan desigualdad, como la
subida del impuesto del valor añadido, que iguala a todos los ciudadanos con
independencia de su patrimonio (en lugar de afrontar una reforma tributaria que
garantice el principio de progresividad establecido en la Constitución). Como
decimos, esta agilidad, tan facilona para el gobernante, se trueca en escrúpulo
y dengue a la hora de garantizar la estabilidad presupuestaria de todas las
Administraciones públicas y mantener unas políticas comprometidas en tratar de
forma desigual a los desiguales.
Ello obliga a mirar esperanzados hacia la
Unión europea que, en el largo camino hacia la unidad
política, va a imponer -como hemos visto- el objetivo de evitar, en esta hora de tribulaciones, que se afecte a la sanidad, la educación, la inversión productiva y el empleo. Es decir que se trata de desterrar el uso de la tijera allí donde se justifica el ser mismo del moderno Leviatán, monstruo ciertamente pero monstruo que permite mantener viva la fantasía de la justicia y las quimeras.
política, va a imponer -como hemos visto- el objetivo de evitar, en esta hora de tribulaciones, que se afecte a la sanidad, la educación, la inversión productiva y el empleo. Es decir que se trata de desterrar el uso de la tijera allí donde se justifica el ser mismo del moderno Leviatán, monstruo ciertamente pero monstruo que permite mantener viva la fantasía de la justicia y las quimeras.
Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes.
Publicado el día 16 de abril en el periódico El Mundo.
domingo, 14 de abril de 2013
Polvo eres...
(Hace unos días La Nueva España me publicó esta Sosería).
Todo muere, polvo eres y en polvo te convertirás, ars longa, vita brevis y así seguido reza un número indefinido de expresiones, aforismos y refranes que nos recuerdan la condición de mortales, de nosotros y de cuanto nos rodea. La muerte es condena pero también liberación como nos enseña Cervantes en «La Galatea»:
«mas todos estos temores
que me figura mi suerte
se acabarán con la muerte
que es el fin de los dolores».
Pero incluso esta, la muerte, tiene su fin, tal como proclama la tradición cristiana al defender la resurrección de los muertos, las trompetas del Apocalipsis y demás. O sea que la vida tiene su fin pero también el suyo la muerte. Que esto es un galimatías nadie lo puede negar pero tampoco que se apoye en las mejores tradiciones y en una fecunda e ingeniosa imaginación.
Pues ¿y el amor? ¿Es necesario hacer hincapié en lo delicada que es esta flor, fugitiva como el despuntar de la aurora? Páginas y páginas han ocupado los poetas para referirse a sus efímeras diabluras, a su inconstancia, al dolor del enamorado que pierde de pronto a la linda Belisa o a la bella Filis... El amor como un sueño, como un imposible, como un fantasma esquivo, una sombra, el relámpago que sin acabar de lucir ya se le puede dar por apagado. Miles de flores naturales se han ganado en los certámenes literarios de pueblos y villas por jóvenes inspirados que han sabido exprimir estas ideas que vienen de los griegos, de los babilonios y de otros pueblos egregios y con muchos trienios en la Historia. Grandes prestigios se han labrado batiendo en endecasílabos suspiros, gemidos, recuerdos, labios, galanuras y hermosuras.
Así es todo de fugaz. Menos el yogur. Porque respecto de este inocente producto fabricado con leche,
que empezó siendo alimento de enfermos y dispépticos y hoy es desayuno, postre y cena de personas sanas y en el uso cabal de su mejor circunstancia, se ha decretado por el gobierno que no está sometido a caducidad.
Hasta ahora tenía el yogur un plazo de vida, bastante corto, nada que ver con los plazos que rigen la de los pleitos en el mundo judicial que se miden -como sabe cualquier abogado- por eras geológicas. El fin inminente del yogur, veinte, treinta días a lo sumo, pendía sobre él como una condena bíblica. Transcurridas esas fechas, el yogur abandonaba su cómoda vida en la nevera o en los anaqueles del supermercado y pasaba directamente al humillante cubo de la basura. De nada servía ya: no solo sus propiedades curativas se habían extraviado sino que incluso podía despertar elementos patógenos que en nuestro organismo vivieran un estado de inofensiva vigilia. Desde hace unos días empero la orden es clara: el yogur carece de caducidad por lo que puede tomarse en cualquier momento cualquiera que sea la fecha de su venida al mundo y de su envasado.
«Hay golpes en la vida tan fuertes...» exclama César Vallejo en sus «Heraldos negros». He de confesar que para mí este de la inmortalidad del yogur es uno de esos golpes que exigen mucha entereza para superarlo. ¿Cómo se puede entender que el yogur no esté aquejado de la brevedad que nos acorrala y determina nuestra existencia? Es difícil pero como así lo quiere la autoridad, las personas sentimentales debemos abanderar sin demora un movimiento que exija la resurrección de todos los yogures caducados que en el mundo han sido.
Todo muere, polvo eres y en polvo te convertirás, ars longa, vita brevis y así seguido reza un número indefinido de expresiones, aforismos y refranes que nos recuerdan la condición de mortales, de nosotros y de cuanto nos rodea. La muerte es condena pero también liberación como nos enseña Cervantes en «La Galatea»:
«mas todos estos temores
que me figura mi suerte
se acabarán con la muerte
que es el fin de los dolores».
Pero incluso esta, la muerte, tiene su fin, tal como proclama la tradición cristiana al defender la resurrección de los muertos, las trompetas del Apocalipsis y demás. O sea que la vida tiene su fin pero también el suyo la muerte. Que esto es un galimatías nadie lo puede negar pero tampoco que se apoye en las mejores tradiciones y en una fecunda e ingeniosa imaginación.
Pues ¿y el amor? ¿Es necesario hacer hincapié en lo delicada que es esta flor, fugitiva como el despuntar de la aurora? Páginas y páginas han ocupado los poetas para referirse a sus efímeras diabluras, a su inconstancia, al dolor del enamorado que pierde de pronto a la linda Belisa o a la bella Filis... El amor como un sueño, como un imposible, como un fantasma esquivo, una sombra, el relámpago que sin acabar de lucir ya se le puede dar por apagado. Miles de flores naturales se han ganado en los certámenes literarios de pueblos y villas por jóvenes inspirados que han sabido exprimir estas ideas que vienen de los griegos, de los babilonios y de otros pueblos egregios y con muchos trienios en la Historia. Grandes prestigios se han labrado batiendo en endecasílabos suspiros, gemidos, recuerdos, labios, galanuras y hermosuras.
Así es todo de fugaz. Menos el yogur. Porque respecto de este inocente producto fabricado con leche,
que empezó siendo alimento de enfermos y dispépticos y hoy es desayuno, postre y cena de personas sanas y en el uso cabal de su mejor circunstancia, se ha decretado por el gobierno que no está sometido a caducidad.
Hasta ahora tenía el yogur un plazo de vida, bastante corto, nada que ver con los plazos que rigen la de los pleitos en el mundo judicial que se miden -como sabe cualquier abogado- por eras geológicas. El fin inminente del yogur, veinte, treinta días a lo sumo, pendía sobre él como una condena bíblica. Transcurridas esas fechas, el yogur abandonaba su cómoda vida en la nevera o en los anaqueles del supermercado y pasaba directamente al humillante cubo de la basura. De nada servía ya: no solo sus propiedades curativas se habían extraviado sino que incluso podía despertar elementos patógenos que en nuestro organismo vivieran un estado de inofensiva vigilia. Desde hace unos días empero la orden es clara: el yogur carece de caducidad por lo que puede tomarse en cualquier momento cualquiera que sea la fecha de su venida al mundo y de su envasado.
«Hay golpes en la vida tan fuertes...» exclama César Vallejo en sus «Heraldos negros». He de confesar que para mí este de la inmortalidad del yogur es uno de esos golpes que exigen mucha entereza para superarlo. ¿Cómo se puede entender que el yogur no esté aquejado de la brevedad que nos acorrala y determina nuestra existencia? Es difícil pero como así lo quiere la autoridad, las personas sentimentales debemos abanderar sin demora un movimiento que exija la resurrección de todos los yogures caducados que en el mundo han sido.
domingo, 7 de abril de 2013
Clases para ligar
(Hace unas semanas me publicó La Nueva España esta Sosería)
Lo de “combatir los estereotipos”, sin embargo, ha de celebrarse porque nada le conviene más a la sociedad y a quienes somos sus víctimas que cultivar la lucha denodada contra el estereotipo y declarar la guerra al lugar común, tumba donde yace sepultado el ingenio. Pero precisamente si hay un espacio donde los tales estereotipos han de conservarse como las monedas más valiosas y seguras es en el campo del ligue y de las relaciones amorosas. Pues en ellas, el Amor, estatua gozosa y riente, preside los diálogos más repetidos del mundo, los más manoseados y sobados, los que han recorrido siglos, continentes, imperios, reinados y pontificados. Pues para él, para el Amor, las estaciones, el clima o los meses no son sino pingajos despreciables, desechos sin relieve ...
Es en el interior de esa estatua imbatible donde se guardan -como en un cofre- las mismas palabras que resuenan desde los lejanos tiempos en los que empezaron a cantar los ruiseñores y a florecer las rosas entre espinas. Son palabras eternas, como eterno es el rumor del agua, como eterno es el ceño fruncido de las tempestades o del clamor de los vientos, pues las palabras de dos enamorados son palabras sin principio ni fin (en eso consiste “lo eterno”), palabras que tienen algo del murmullo incansable de la caracola.
Por tanto se verá que es una estafa lo que anuncian los ayuntamientos. Es posible que la juventud haya perdido en formación, en lecturas y en conocimientos, consecuencia de las reformas de los gobiernos, esas sepulturas donde parece enterrado definitivamente el buen tino, todo eso es probable. Pero no es posible que la ignorancia de los jóvenes haya llegado al extremo de tener que enseñarles los primeros palotes del acercamiento amoroso y de sus trucos, del “coqueteo” como se decía antes de inventar la palabra esta del ligue.
Señores municipales: el ligue, el coqueteo, el amor son versos de un poema que el Ayuntamiento es incapaz de recitar. Es inútil buscar a un “monitor” de ligue como es inútil buscar un soneto entre las cláusulas de la concesión de la recogida de basuras.
Ahora que estamos a vueltas con
la reforma de las administraciones locales es ocasión de recordar que son
varios los ayuntamientos que ofrecen cursillos a los jóvenes de su territorio
para aprender a ligar. Uno, en su infinito atolondramiento, creía que era esta
una inclinación innata en el ser humano, la de seducir y ser seducido y que por
ello no necesitaba de explicaciones ni de adiestramiento municipal. Tan solo
práctica: me miras, te miro, me hablas, te hablo, quedamos, charlamos ... y por ahí hasta que se fragua el ligue que es, según el DRAE, “entablar relaciones
amorosas o sexuales pasajeras”. Pues se entiende que, cuando dejan de ser
pasajeras y se convierten en estables, entonces ya estamos ante el matrimonio
en sus diversas formas: por lo canónico, por lo hipotecario, por lo contencioso
...
Si esto es así ¿a qué viene la
necesidad de organizar cursillos especializados? En una de esas ofertas se
asegura que se enseñará a hacerlo “de forma sana” y combatiendo “los
estereotipos”. Resulta difícil comprender lo primero porque lo contrario de
sano es insano y la pregunta es ¿puede haber algo de insano en el acercamiento
entre dos personas con esos fines amorosos o sexuales de que habla la Academia?
Todo lo contrario, parece la forma más normal de adentrarse en el intercambio
de esos regalos etéreos, ansiosos, a la vez signos y semillas, que son los
prolegómenos del amor. Es el momento en que se soplan las ilusiones para hacer
con ellas burbujas y se experimentan los abandonos, el momento de caer en una
exaltante languidez, de aspirar aromas, de hilar cosquillas, de desfrenar los
labios.
Lo de “combatir los estereotipos”, sin embargo, ha de celebrarse porque nada le conviene más a la sociedad y a quienes somos sus víctimas que cultivar la lucha denodada contra el estereotipo y declarar la guerra al lugar común, tumba donde yace sepultado el ingenio. Pero precisamente si hay un espacio donde los tales estereotipos han de conservarse como las monedas más valiosas y seguras es en el campo del ligue y de las relaciones amorosas. Pues en ellas, el Amor, estatua gozosa y riente, preside los diálogos más repetidos del mundo, los más manoseados y sobados, los que han recorrido siglos, continentes, imperios, reinados y pontificados. Pues para él, para el Amor, las estaciones, el clima o los meses no son sino pingajos despreciables, desechos sin relieve ...
Es en el interior de esa estatua imbatible donde se guardan -como en un cofre- las mismas palabras que resuenan desde los lejanos tiempos en los que empezaron a cantar los ruiseñores y a florecer las rosas entre espinas. Son palabras eternas, como eterno es el rumor del agua, como eterno es el ceño fruncido de las tempestades o del clamor de los vientos, pues las palabras de dos enamorados son palabras sin principio ni fin (en eso consiste “lo eterno”), palabras que tienen algo del murmullo incansable de la caracola.
Por tanto se verá que es una estafa lo que anuncian los ayuntamientos. Es posible que la juventud haya perdido en formación, en lecturas y en conocimientos, consecuencia de las reformas de los gobiernos, esas sepulturas donde parece enterrado definitivamente el buen tino, todo eso es probable. Pero no es posible que la ignorancia de los jóvenes haya llegado al extremo de tener que enseñarles los primeros palotes del acercamiento amoroso y de sus trucos, del “coqueteo” como se decía antes de inventar la palabra esta del ligue.
Señores municipales: el ligue, el coqueteo, el amor son versos de un poema que el Ayuntamiento es incapaz de recitar. Es inútil buscar a un “monitor” de ligue como es inútil buscar un soneto entre las cláusulas de la concesión de la recogida de basuras.
domingo, 31 de marzo de 2013
Coquetería del Universo
(Hace unos días La Nueva España me publicó esta Sosería).
Hasta ahora lo normal era que las actrices rutilantes entablaran una dura pugna con el calendario y se quitaran años, lo mismo que hacen muchos vecinos o amigos que creen poder despistar a las cabalgadas del tiempo recurriendo a ingenuos trucos como pintarse el pelo o (des)lucir camisas floreadas y llamativas en lugar de utilizar los colores sobrios que la edad y la sindéresis nos imponen.
En estos achaques la picaresca se ha enriquecido mucho en los últimos años gracias a las hábiles manos de cirujanos que son capaces de recomponer papadas inmensas (fruto cuajado de mucho trasiego con el tocino y la cerveza) y dejarlas reducidas a contornos mensurables, a una expresión menos desparramada. O aplican la magia para hacer desaparecer esas bolsas lóbregas bajo los ojos que las preocupaciones y los disgustos han ido llenando con meticulosidad a lo largo de los años. O, milagro de los milagros, dejan a un hombre hinchado como un emperador romano convertido en un musculado atleta, abatidas sus defensas de grasa.

Hasta aquí todo esto es sabido. El tiempo y la edad son penas a las que estamos encadenados y cada uno trata de conjurarlas como puede intentando atrapar para sí la magia de las edades mejores. En «Las bodas de Fígaro» mozartianas uno de los momentos más crueles es el dueto entre Susanna y Marcellina en torno, precisamente, a «l'età». Y hay ilustres prohombres a quienes sus deudos pretenden inmortalizar, como ha
ocurrido con Lenin o con Chávez, embalsamando sus cuerpos y desafiando así a ese monstruo infinito y ajeno a las fechas que es la muerte.
Lo que nadie hasta ahora podía imaginar era que el universo, nada menos que el universo, se quitara años. Si le teníamos respeto era porque lo sabíamos inmenso y regazo de temblorosos polvos, pero, sobre todo, porque lo sabíamos viejo y consciente de su edad avanzada, porque sabíamos que era un achacoso lleno de dignidad, un anciano con barbas blancas, catarroso, artrítico y gargajeante. Tenía trece mil setecientos millones de años, una barbaridad ciertamente, pero bien llevados, sin mixturas ni perifollos. Los físicos nos han proporcionado información veraz acerca de sus cumpleaños, de sus dolencias, de esas articulaciones que se agarrotaban, de esas luces que ya no brillaban como antaño...
Y de pronto viene la decepción: resulta que un telescopio espacial con un retrato de alta resolución ha descubierto que el universo es cien millones de años más viejo de lo que habíamos creído. Una cantidad abultada, no cualquier bagatela. El muy pillín lo había ocultado despistándonos a base de mostrarnos galaxias, estrellas, cometas, eclipses y otras bisuterías baratas. Todo para no afrontar la realidad y desvelarnos su verdadera edad y -claro es- su estado caduco.

O sea, ¡el universo enredado en engañifas propias de un compañero de oficina! Pero ¿qué seriedad es ésta a quien consideramos el fondo del pozo de todos los pozos, el estuche negro y misterioso de todos los secretos, el regazo final de todas las almas y de sus desesperanzas?
Confieso mi postración porque siempre he pensado que lo distinguido, lo verdaderamente chic, es ponerse años. Como hacen las guerras, damas coquetas entre las coquetas. ¿O es que alguien cree que la de los Cien Años o la de los Treinta duraron exactamente ese tiempo? En absoluto, duraron mucho menos, pero ellas, por presumir, han querido salir en los libros más viejecitas. Por dignidad, por respeto a la historia, abuela a la que jamás se le ha ocurrido gastar afeites.
Y es que las guerras son como los vinos. Mis preferidos -y los preferidos de quienes entienden algo- se ponen años porque ganan en autoridad como la ganan los santos y los patriarcas, arcas de todas las edades.
Hasta ahora lo normal era que las actrices rutilantes entablaran una dura pugna con el calendario y se quitaran años, lo mismo que hacen muchos vecinos o amigos que creen poder despistar a las cabalgadas del tiempo recurriendo a ingenuos trucos como pintarse el pelo o (des)lucir camisas floreadas y llamativas en lugar de utilizar los colores sobrios que la edad y la sindéresis nos imponen.
En estos achaques la picaresca se ha enriquecido mucho en los últimos años gracias a las hábiles manos de cirujanos que son capaces de recomponer papadas inmensas (fruto cuajado de mucho trasiego con el tocino y la cerveza) y dejarlas reducidas a contornos mensurables, a una expresión menos desparramada. O aplican la magia para hacer desaparecer esas bolsas lóbregas bajo los ojos que las preocupaciones y los disgustos han ido llenando con meticulosidad a lo largo de los años. O, milagro de los milagros, dejan a un hombre hinchado como un emperador romano convertido en un musculado atleta, abatidas sus defensas de grasa.
Hasta aquí todo esto es sabido. El tiempo y la edad son penas a las que estamos encadenados y cada uno trata de conjurarlas como puede intentando atrapar para sí la magia de las edades mejores. En «Las bodas de Fígaro» mozartianas uno de los momentos más crueles es el dueto entre Susanna y Marcellina en torno, precisamente, a «l'età». Y hay ilustres prohombres a quienes sus deudos pretenden inmortalizar, como ha
ocurrido con Lenin o con Chávez, embalsamando sus cuerpos y desafiando así a ese monstruo infinito y ajeno a las fechas que es la muerte.
Lo que nadie hasta ahora podía imaginar era que el universo, nada menos que el universo, se quitara años. Si le teníamos respeto era porque lo sabíamos inmenso y regazo de temblorosos polvos, pero, sobre todo, porque lo sabíamos viejo y consciente de su edad avanzada, porque sabíamos que era un achacoso lleno de dignidad, un anciano con barbas blancas, catarroso, artrítico y gargajeante. Tenía trece mil setecientos millones de años, una barbaridad ciertamente, pero bien llevados, sin mixturas ni perifollos. Los físicos nos han proporcionado información veraz acerca de sus cumpleaños, de sus dolencias, de esas articulaciones que se agarrotaban, de esas luces que ya no brillaban como antaño...
Y de pronto viene la decepción: resulta que un telescopio espacial con un retrato de alta resolución ha descubierto que el universo es cien millones de años más viejo de lo que habíamos creído. Una cantidad abultada, no cualquier bagatela. El muy pillín lo había ocultado despistándonos a base de mostrarnos galaxias, estrellas, cometas, eclipses y otras bisuterías baratas. Todo para no afrontar la realidad y desvelarnos su verdadera edad y -claro es- su estado caduco.
O sea, ¡el universo enredado en engañifas propias de un compañero de oficina! Pero ¿qué seriedad es ésta a quien consideramos el fondo del pozo de todos los pozos, el estuche negro y misterioso de todos los secretos, el regazo final de todas las almas y de sus desesperanzas?
Confieso mi postración porque siempre he pensado que lo distinguido, lo verdaderamente chic, es ponerse años. Como hacen las guerras, damas coquetas entre las coquetas. ¿O es que alguien cree que la de los Cien Años o la de los Treinta duraron exactamente ese tiempo? En absoluto, duraron mucho menos, pero ellas, por presumir, han querido salir en los libros más viejecitas. Por dignidad, por respeto a la historia, abuela a la que jamás se le ha ocurrido gastar afeites.
Y es que las guerras son como los vinos. Mis preferidos -y los preferidos de quienes entienden algo- se ponen años porque ganan en autoridad como la ganan los santos y los patriarcas, arcas de todas las edades.
sábado, 23 de marzo de 2013
Un "Gotha" castizo
(Hace unas semanas La Nueva España me publicó esta Sosería)
En este mundo de torbellino pocos repararán en la existencia del «Almanaque de Gotha» que enumera, recoge y acoge a los individuos de la realeza y de las grandes casas nobles de Europa. Es probable que tal publicación no se encuentre entre aquellas de las que se echa mano con frecuencia. En mi caso, debo confesar que no soy asiduo, consciente, por mi agarbanzada estirpe, de no merecer la más mínima «entrada» entre tales próceres.
Pero sé que el tal «Almanaque» se llama de Gotha porque en esa ciudad del actual Land alemán de Turingia se editó, desde finales del siglo XVIII y bajo esa denominación, la lista de los reyes y de los nobles, de sus primos y de todos sus parientes, imagino que incluidos los agnados y los cognaticios. Formaba parte Gotha de un delicioso ducado del que salieron príncipes y más príncipes casaderos y, entre todos, tejieron alianzas relevantes en la política europea y contribuyeron a renovar la sangre de las dinastías más fatigadas. La casa reinante belga procede de por allí. Y todo ello a pesar de que Gotha era al mismo tiempo ciudad preferida de los socialistas, recuérdese la obra de don Carlos Marx sobre la crítica al programa (del partido obrero) de Gotha, un libro que yo intenté leer en mi juventud y que hube de abandonar y sustituir por otro de autoayuda para salir del estado de tediosa postración en que había caído. Cuando el Ejército Rojo ocupó la ciudad, encontraron este asunto del «Almanaque» poco acorde con el silbido de la honda revolucionaria y el «Almanaque» se extinguió. Ha resucitado en el último tercio del siglo XX, un alivio para quien, en edad casadera, no quiera que le den el gato de una familia menestral por la liebre de una testa ducal.
Todo esto viene a cuento porque en España, y a tenor de lo que publican los periódicos, podría hacerse un Gotha diferente, una especie de Gotha actualizado y de renovado contenido con las denominaciones de los pillos que pululan por Carpetovetonia, por ese abigarrado universo pícaro que permitiría hoy a don Francisco de Quevedo rellenar páginas y páginas de nuevas ediciones de sus obras, aquellas do habitan los fulleros, los gariteros, los encubridores, los rateros, las ponzoñas graduadas, los tósigos, los manoseadores de faltriqueras, las calaveras confitadas y otras almas muñidoras.
Podríamos empezar trabajando los aristocráticos sobrenombres de «el Pocero», «el Albondiguilla», «el Bigotes», «Luis el Cabrón», «el Rafita»... y trenzar a partir de ellos su árbol genealógico de hampones distinguidos, con sus ramificaciones paternas y maternas, con su descendencia legítima y clandestina, más los lugares o los enclaves adonde llegan con sus alargadas manos, las entrañas espesas que gastan, las conciencias que han abatido, las canalladas que decoran sus días, las sólidas argollas con que cuentan en las esferas del poder, trampolines para el desafío victorioso al que nos tienen sometidos.
Y podría completarse con un capítulo donde aparecerían los «Txapote», «Txeroki», «Peputo», «el Chino» y por ahí. Como éstos son terroristas que han segado vidas, visten capirote y son maestros en lutos, sería su emblema el de la alimaña en campo de vómitos.
Ya estoy viendo este Gotha castizo y posmoderno. Todo compostura, todo descompostura.
domingo, 10 de marzo de 2013
Una reforma alicorta
(El pasado día 8 de marzo nos publicó a Mercedes y a mí el periódico El Mundo este artículo).
Comentar un Anteproyecto de ley es arriesgado al estar todavía falto de la maduración que ha de prestarle la opinión de órganos como el Consejo de Estado o, en este caso, la Comisión Nacional de Administración local. Pero el jurista debe estar expuesto a peligros que son los que nosotros asumimos adelantando nuestras opiniones. Si sirven además para desterrar errores o introducir alguna mejora, miel sobre hojuelas.
Digamos de entrada que no nos gusta nada el título, entre pedante y tecnocrático, que el Gobierno ha puesto a su texto. Desde las discusiones sobre la Administración local que protagonizó Antonio Maura a principios del siglo XX hasta las recientes del actual sistema democrático pasando por las vividas en las dos Dictaduras o en la II República, la regulación de los entes locales se ha llamado “régimen local” o “derecho de las Administraciones locales”. Ahora se recurre a unos conceptos como los de “sostenibilidad” y “racionalización” que de puro manoseo se han quedado en los huesos y carecen de sabor y de olor. Solo falta añadir la “excelencia” o la “competitividad” para completar el bodrio.
Ahora bien, el peor celofán puede acoger productos apreciables y este es el caso del Anteproyecto. Así, se aborda en parte el problema de la función pública local pues parece que el legislador por fin se ha enterado de algo que los especialistas llevamos años denunciando: su degradación a base de trufarla con interinos, eventuales, amiguetes entrañables y familiares menesterosos. Ahora se rescata lo que de bueno tuvo la ley de 1985, es decir, el funcionario con habilitación de carácter nacional. Lástima que se le echara a perder con invenciones de innegable tufo caciquil: desorden en las convocatorias de plazas, excesiva descentralización en las pruebas, contenidos locales de los programas ... Y sobre todo, la máxima degeneración aportada por la “libre designación”, un truco que puso en manos de muchos alcaldes y presidentes de Diputación a secretarios, interventores y tesoreros, eliminando la neutralidad en el ejercicio de su profesión. Los casos de represalias a estos funcionarios, cuando se han mostrado poco complacientes, podrían formar un lastimoso retablo de la picaresca de los últimos años. Pero el contento al anotar estas virtudes positivas del nuevo texto se oscurece cuando se advierte que la fementida “libre designación” se mantiene aunque “excepcionalmente” como de igual modo se conserva la previsión referida a los nombramientos de carácter provisional, interino o accidental que puede realizar la Comunidad autónoma.
Para cualquiera que conozca el paño el asunto es muy clarito: todo lo que no sean pruebas públicas, tribunal profesionalmente competente para examinar (nada de compañeretes del sindicato), puestos de trabajo atribuidos por riguroso sistema de concurso, y sistema retributivo reglado es abrir la puerta al clientelismo, una puerta que ya se encargan los responsables públicos de convertir en anchuroso portalón. Tales principios, por cierto, procede aplicarlos pari passu al personal propio de las entidades locales.
Las limitaciones al gasto en las retribuciones del personal político es otro acierto del texto. Con todo, veremos qué efectos tiene en el sistema democrático la supresión de sueldos a concejales porque se puede estar destruyendo la leva de políticos nuevos que han de empezar justamente en puestos modestos de sus ayuntamientos para ir adquiriendo experiencia en la gestión de los asuntos de interés general. Es esta la mejor forma de evitar que una persona acabe sentada en el Consejo de Ministros sin haber visto nunca las tripas a un presupuesto público.
Las cuestiones que más han aireado los medios de comunicación son, de un lado, las duplicidades y, de otro, la supresión de ayuntamientos y diputaciones. Respecto al primer punto hay que decir que la atribución de competencias a los entes locales es compleja en un Estado descentralizado y no se puede resolver en un par de artículos de una ley local porque los municipios -como las provincias e islas- asumirán aquellas competencias que les sean atribuidas por la legislación sectorial procedente de las Comunidades Autónomas o del Estado (urbanismo, medio ambiente, abastecimiento de aguas etc) de acuerdo con la distribución competencial establecida en la Constitución y en los Estatutos de Autonomía. El texto aquí analizado avanza en la buena dirección al suprimir, por ejemplo, las competencias “impropias” pero pensar que de un plumazo se van a extinguir todas las duplicidades imaginables es pensar en lo excusado.
Por lo que se refiere a la supresión generalizada de términos municipales, el texto del Gobierno calla. Un silencio que a nosotros nos parece acertado porque esta es una cuestión atribuida o bien de manera voluntaria a los propios Ayuntamientos a través de los acuerdos de fusión, agregación etc o bien a las leyes de las Comunidades autónomas. Esto no es extraño en un Estado como el nuestro y, a tal efecto, recordemos que fueron los Länder alemanes los que impulsaron toda la reforma territorial de aquél país.
¿Quid de las Diputaciones? Puestas en el punto de mira de unos y de otros, es evidente que no son por su naturaleza inalterables. Pero sorprende que, a la hora de sostener el discurso de las duplicidades, nadie recuerde las que propicia la Administración periférica de las Comunidades autónomas que bien podría reducirse si se utilizara a las diputaciones provinciales como administración indirecta de las Comunidades autónomas, tal como propuso en su día el Dictamen de la Comisión García de Enterría.
De otro lado, el relevante problema de la prestación, en determinados casos, de los servicios públicos locales se resuelve de una forma discutible pues no se confía en las mancomunidades ya existentes sino que la responsabilidad se traslada a las Diputaciones. Es decir, que unas Administraciones geográficamente más distantes y sin la adecuada representación democrática de los Ayuntamientos de menor población, serán las que gestionen servicios esenciales para esos vecinos. Entre todas las opciones organizativas posibles, se ha optado por la menos democrática y la que podrá generar más problemas.
Un juicio igualmente negativo merece la degradación que sufren las entidades locales de ámbito inferior al municipal al ser desposeídas de su carácter de Administraciones y decapitada su personalidad jurídica. Se trata de un asunto muy sensible en algunas regiones españolas que no se puede resolver desde una óptica madrileña y uniforme. Tales entidades administran bienes importantes (pastos, montes, maderas etc) y son un factor de asentamiento de las poblaciones. Suprimir su capacidad de actuar como personas jurídicas es acabar con ellas proporcionándoles el beso traidor del ocaso.
Fuera de la mirada del legislador han quedado aspectos trascendentales de nuestra vida local que una vez más se desatienden: así, la financiación que clama por un nuevo diseño, agotados como están sus recursos y el modelo que los sustenta. Sin atender a los dineros públicos no se puede pensar ni en unas Administraciones serias ni en unos servicios públicos adecuados.
Y, por último, sorprende que de nuevo quede en el aire la renovación de la legislación electoral y en
el limbo la introducción de las “segundas vueltas” a la hora de la elección de los alcaldes, lo que devolvería la voz a los ciudadanos y evitaría las componendas espurias entre los partidos.
Sin duda el Gobierno ha oído campanas pero no acierta a echarlas al vuelo. Porque estamos ante una reforma de campanario.
Comentar un Anteproyecto de ley es arriesgado al estar todavía falto de la maduración que ha de prestarle la opinión de órganos como el Consejo de Estado o, en este caso, la Comisión Nacional de Administración local. Pero el jurista debe estar expuesto a peligros que son los que nosotros asumimos adelantando nuestras opiniones. Si sirven además para desterrar errores o introducir alguna mejora, miel sobre hojuelas.
Digamos de entrada que no nos gusta nada el título, entre pedante y tecnocrático, que el Gobierno ha puesto a su texto. Desde las discusiones sobre la Administración local que protagonizó Antonio Maura a principios del siglo XX hasta las recientes del actual sistema democrático pasando por las vividas en las dos Dictaduras o en la II República, la regulación de los entes locales se ha llamado “régimen local” o “derecho de las Administraciones locales”. Ahora se recurre a unos conceptos como los de “sostenibilidad” y “racionalización” que de puro manoseo se han quedado en los huesos y carecen de sabor y de olor. Solo falta añadir la “excelencia” o la “competitividad” para completar el bodrio.
Ahora bien, el peor celofán puede acoger productos apreciables y este es el caso del Anteproyecto. Así, se aborda en parte el problema de la función pública local pues parece que el legislador por fin se ha enterado de algo que los especialistas llevamos años denunciando: su degradación a base de trufarla con interinos, eventuales, amiguetes entrañables y familiares menesterosos. Ahora se rescata lo que de bueno tuvo la ley de 1985, es decir, el funcionario con habilitación de carácter nacional. Lástima que se le echara a perder con invenciones de innegable tufo caciquil: desorden en las convocatorias de plazas, excesiva descentralización en las pruebas, contenidos locales de los programas ... Y sobre todo, la máxima degeneración aportada por la “libre designación”, un truco que puso en manos de muchos alcaldes y presidentes de Diputación a secretarios, interventores y tesoreros, eliminando la neutralidad en el ejercicio de su profesión. Los casos de represalias a estos funcionarios, cuando se han mostrado poco complacientes, podrían formar un lastimoso retablo de la picaresca de los últimos años. Pero el contento al anotar estas virtudes positivas del nuevo texto se oscurece cuando se advierte que la fementida “libre designación” se mantiene aunque “excepcionalmente” como de igual modo se conserva la previsión referida a los nombramientos de carácter provisional, interino o accidental que puede realizar la Comunidad autónoma.
Para cualquiera que conozca el paño el asunto es muy clarito: todo lo que no sean pruebas públicas, tribunal profesionalmente competente para examinar (nada de compañeretes del sindicato), puestos de trabajo atribuidos por riguroso sistema de concurso, y sistema retributivo reglado es abrir la puerta al clientelismo, una puerta que ya se encargan los responsables públicos de convertir en anchuroso portalón. Tales principios, por cierto, procede aplicarlos pari passu al personal propio de las entidades locales.
Las limitaciones al gasto en las retribuciones del personal político es otro acierto del texto. Con todo, veremos qué efectos tiene en el sistema democrático la supresión de sueldos a concejales porque se puede estar destruyendo la leva de políticos nuevos que han de empezar justamente en puestos modestos de sus ayuntamientos para ir adquiriendo experiencia en la gestión de los asuntos de interés general. Es esta la mejor forma de evitar que una persona acabe sentada en el Consejo de Ministros sin haber visto nunca las tripas a un presupuesto público.
Las cuestiones que más han aireado los medios de comunicación son, de un lado, las duplicidades y, de otro, la supresión de ayuntamientos y diputaciones. Respecto al primer punto hay que decir que la atribución de competencias a los entes locales es compleja en un Estado descentralizado y no se puede resolver en un par de artículos de una ley local porque los municipios -como las provincias e islas- asumirán aquellas competencias que les sean atribuidas por la legislación sectorial procedente de las Comunidades Autónomas o del Estado (urbanismo, medio ambiente, abastecimiento de aguas etc) de acuerdo con la distribución competencial establecida en la Constitución y en los Estatutos de Autonomía. El texto aquí analizado avanza en la buena dirección al suprimir, por ejemplo, las competencias “impropias” pero pensar que de un plumazo se van a extinguir todas las duplicidades imaginables es pensar en lo excusado.
Por lo que se refiere a la supresión generalizada de términos municipales, el texto del Gobierno calla. Un silencio que a nosotros nos parece acertado porque esta es una cuestión atribuida o bien de manera voluntaria a los propios Ayuntamientos a través de los acuerdos de fusión, agregación etc o bien a las leyes de las Comunidades autónomas. Esto no es extraño en un Estado como el nuestro y, a tal efecto, recordemos que fueron los Länder alemanes los que impulsaron toda la reforma territorial de aquél país.
De otro lado, el relevante problema de la prestación, en determinados casos, de los servicios públicos locales se resuelve de una forma discutible pues no se confía en las mancomunidades ya existentes sino que la responsabilidad se traslada a las Diputaciones. Es decir, que unas Administraciones geográficamente más distantes y sin la adecuada representación democrática de los Ayuntamientos de menor población, serán las que gestionen servicios esenciales para esos vecinos. Entre todas las opciones organizativas posibles, se ha optado por la menos democrática y la que podrá generar más problemas.
Un juicio igualmente negativo merece la degradación que sufren las entidades locales de ámbito inferior al municipal al ser desposeídas de su carácter de Administraciones y decapitada su personalidad jurídica. Se trata de un asunto muy sensible en algunas regiones españolas que no se puede resolver desde una óptica madrileña y uniforme. Tales entidades administran bienes importantes (pastos, montes, maderas etc) y son un factor de asentamiento de las poblaciones. Suprimir su capacidad de actuar como personas jurídicas es acabar con ellas proporcionándoles el beso traidor del ocaso.
Fuera de la mirada del legislador han quedado aspectos trascendentales de nuestra vida local que una vez más se desatienden: así, la financiación que clama por un nuevo diseño, agotados como están sus recursos y el modelo que los sustenta. Sin atender a los dineros públicos no se puede pensar ni en unas Administraciones serias ni en unos servicios públicos adecuados.
Y, por último, sorprende que de nuevo quede en el aire la renovación de la legislación electoral y en
Sin duda el Gobierno ha oído campanas pero no acierta a echarlas al vuelo. Porque estamos ante una reforma de campanario.
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